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LA DIMENSIÓN ONTOLÓGICA DE LA PINTURA

Por Gonzalo Ortega

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El pintor es el ojo del mundo _Otto Dix

La pintura como representación de la naturaleza; como ornamento; testigo de la historia; interiorización psíquica; búsqueda espiritual; experimentación técnica; vestigio de la cotidianidad; enunciado conceptual; resultado de acciones; extensión del cuerpo humano; acumulación; sustracción; visceralidad; perfección cartesiana; espectáculo; actitud, etc. La lista de tipologías de la pintura es inacabable. A cada paso en su historia, por más sutil que haya sido la alteración al canon académico imperante en determinada época, se ha suscitado un acalorado debate entre pintores, críticos, historiadores, etc. La lista de involucrados tampoco es pequeña. Y entre dimes y diretes se ha llegado -a mi gusto demasiado a menudo- a la conclusión de que “la pintura ha muerto”.


Algunos han utilizado dicha frase como una crítica reaccionaria ante aquello que ha llegado a ser la pintura y que desentona dramáticamente con sus expectativas de lo que, según ellos, debería ser considerado arte. Otros, un poco más inteligentes, han recurrido a esta idea como lema para desmarcarse de lo establecido y apuntar hacia una nueva manera de hacer las cosas. Lo único que ha quedado en claro es la espectacular habilidad del medio pictórico para evolucionar; y a partir de la negación de sí mismo resurgir después de sus cenizas. La historia se ha encargado de eliminar al conservadurismo de los detractores de tal o cual movimiento o tendencia pictórica. Siempre, absolutamente siempre, la pintura ha reencontrado su camino.


En ridículo quedaron - solo por mencionar un escandaloso ejemplo- quienes se mofaron del “arte degenerado” de Dix, Beckman, Klee, Ernst, Kandinsky, Chagall, Marc, Munch, Kirchner, Nolde y otros (vaya lista!), cuyos trabajos recorrieron en una exposición itinerante más de una decena de ciudades de la Alemania nazi con el objetivo de que el público se riera de ellos. Nadie se acuerda de los burlones; la historia en cambio recuerda como grandes maestros a los burlados.


Cuando a finales del siglo XIX se pensó que por primera vez podía realmente hablarse de pintura -puesto que ésta se había liberado al fin de la representación y había llegado a ser valorada por la materialidad de su pigmento, aglutinante, medio y textura-, el debate se avivó. Esa sublevación pavimentaría el camino para una nueva aproximación al acto de pintar que desembocó en la abstracción y todas sus variantes. Un espectro que abarcó de Sol LeWitt a Pollock; de Mondrian a Pierre Soulages. Debe decirse sin embargo que ello no implicó el degradar a un segundo nivel jerárquico a la pintura realista; a esa tradición que estaba dispuesta a forzar las cualidades físicas del material para simular la realidad. Para nadie es un secreto que la pintura realista nunca desapareció. Sólo se mantuvo latente hasta encontrar otro momento en el que pudiera ser significativa. Muchos continuaron “forzando” al material para representar al mundo “real”. Lo llevaron décadas después al hiperrealismo, copiando con lujo de detalle hasta los poros y pestañas de personas retratadas. En el inter, el vaivén de la historia llevaría a grupos de pintores por diferentes caminos, experimentando y alcanzando resultados impresionantes. Sin ese aprendizaje el mundo no hubiera conocido a Bacon, Immendorf, Hockney, y más recientemente a Gerhard Richter, por algunos especialistas considerado como el pintor más importante de la historia. Qué caso tiene encumbrar a unos y demeritar a otros? Hoy pudiera ser considerada pintura el tinte de color en los vitrales de Olafur Eliasson, o la obsesión con el color rosa de Pierre Huyghe. Igualmente las sutiles variaciones de luz en la obra de James Turrell.


La pintura debe pensarse como un todo. De sus radicalismos históricos aprendió a no abandonar conceptos en función del placer por la forma. Entendió cómo llegar más lejos al no tomarse tan en serio. Sobrevivió a la era de la reproducción mecánica, y continúa haciéndolo en plena era de la imagen digital.


Todas las posturas asociadas al acto de pintar han implicado una especie de conflicto en su momento. Es un hecho que puede ser trazada en gran medida la evolución de las ideas políticas, sociales y filosóficas -entre otras- de la humanidad a partir del estudio de la pintura. Hoy tal vez experimentamos el renacimiento número “mil” de la pintura. Algo nuevo debe decirnos la pintura hoy, dentro de un entorno de producción súper acelerado y en esteroides, en el que debe competir con imágenes hiper-atractivas. Lo único que puedo decir es que, con todo y mi pasión por las siempre nuevas y cambiantes maneras de pensar y hacer arte, continúo disfrutando de la buena pintura, muy de vez en cuando, cuando me topo con ella.

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