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NOW, THINK! (Ahora, Piensa)

por Gonzalo Ortega

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“GLANCE AT THE SUN. SEE THE MOON AND THE STARS. GAZE AT THE BEAUTY OF EARTH’S GREENINGS. NOW, THINK.” ― MICHAEL BRAUNGART

CRADLE TO CRADLE: REMAKING THE WAY WE MAKE THINGS


La relación de los seres humanos con su entorno natural ha cambiado constantemente a lo largo de la historia. Sin embargo, la evolución de esa relación no puede ser explicada en forma lineal con respecto a los avances tecnológicos a través de los siglos. En todo caso la manera en la que los seres humanos han respondido a su entorno natural debe analizarse a partir de las condiciones de cada caso específico. Pudiera decirse tal vez que la única constante haya sido la puja de ciertos grupos dentro de la sociedad por jerarquizar sus intereses sobre los de los demás con relación a dos asuntos principalmente. El primero: cómo se explica o interpreta filosóficamente a la naturaleza; y el segundo: bajo qué criterios se explotan y utilizan sus recursos.


Es desde la comprensión de esos dos aspectos que pueden sacarse conclusiones, por ejemplo, sobre el poder de ciertos grupos para convocar la mano de obra que hizo posible erigir masivos menhires con carácter votivo en el Paleolítico; o la impresionante construcción de incontables monumentos de piedra en diversas culturas del Mundo Antiguo; así como la evolución de ciudades y acueductos para abastecer agua, construir caminos, etcétera. Y así sucesivamente, dando pasos agigantados —que para los fines de este texto no merece la pena entrar en detalle—, hasta la llegada de la Revolución Industrial. Es justo a mediados del siglo XVIII que tendría lugar una transformación radical de la manera en la que los seres humanos concebían al mundo, básicamente al comenzar a interpretar todo aquello que los rodeaba como “materia prima”. Ello constituyó un cambio tan dramático, arraigado a tal punto, que al día de hoy, más de dos siglos después, apenas comenzamos a vislumbrar alternativas.


LA MANERA EN LA QUE ESTÁ CONSTITUIDA LA CIVILIZACIÓN PUEDE ENQUISTARSE Y DICTAR UNA TERRIBLE SENTENCIA PARA TODO LO VIVO.

Si pudiéramos establecer una diferencia, en gran medida arbitraria, entre la relación primitiva que los seres humanos tenían con su entorno y nuestra realidad actual, nos encontraríamos con antónimos perfectos. En la prehistoria, con la entrada en escena de los seres humanos, esa relación consistió en entender su condición como copartícipes de una realidad compleja, orquestada desde un plano enigmático y desconocido para ellos. Hoy, en cambio, se ha encumbrado la errónea convicción de que todo aquello que nos rodea son “recursos”, y que tenemos el derecho de explotarlos. La polarización que se sugiere aquí, por más absurda que parezca, tal vez sirva para ilustrar qué tan variable puede ser el futuro. Vivimos actualmente un momento singular en el que la manera en la que está constituida la civilización puede enquistarse y dictar una terrible sentencia para todo lo vivo. O en cambio podemos girar el volante hacia un nuevo esquema que haga posible nuestra supervivencia sin afectar a la naturaleza, y de paso a millones de especies en peligro. El Antropoceno —la así llamada era del ser humano en el planeta Tierra— pudiera consistir en un cataclismo, o en un renacimiento de todo lo vivo. Hace una década; concretamente en el año 2008, la Geological Society of London encontró las pruebas suficientes para sustentar la tesis de que la era del Holoceno había llegado a su fin —de la mano de sus características condiciones climáticas estables— para dar paso al Antropoceno. Este tipo de transiciones sólo ocurre cada ciertos millones de años; y en esta ocasión nuestra especie ha sido la responsable.


Mucho se dice con respecto a una muy necesaria nueva manera de relacionarnos con lo natural. Campañas gubernamentales de sensibilización; implementación de normas y penalizaciones; estrategias de mercadotecnia (muchas veces falseadas) para reducir nuestra huella de carbono; cumbres internacionales con los líderes de las mayores potencias industriales; etcétera. Se discute en foros importantes, en medios de comunicación y en redes sociales si los verdaderos responsables somos los consumidores, o si en cambio son las corporaciones y gobiernos que permiten este tipo de problemas. Y, sin embargo, no se garantizará un cambio sustentable hasta que las grandes industrias puedan asegurar altos márgenes de ganancia. Por ello el agua será, por ejemplo, el “petróleo” del futuro.


Y la monstruosa masa de siete billones de consumidores probablemente no estemos dispuestos a modificar nuestros patrones de vida. Aquí otra paradoja: u ocasionamos con nuestros hábitos de consumo y transporte el colapso de las ciudades; o evolucionamos a nuevos modelos, como el trabajo desde los hogares para evitar en gran medida el uso y propiedad de vehículos. Las ciudades del futuro son un enigma; no sabemos qué grupos de poder lograrán colocar sus intereses sobre los de los demás. Sería maravilloso pensar en redes de abastecimiento para hogares por medio de energías limpias, así como huertos urbanos que garanticen una buena alimentación, nulos gastos de distribución y empaque de alimentos perecederos; a la par de la reforestación que esto implicaría. Energía solar y eólica propulsando la economía. Sueños como sacados de la ciencia ficción.


SÓLO OCURRE CADA CIERTOS MILLONES DE AÑOS; Y EN ESTA OCASIÓN NUESTRA ESPECIE HA SIDO LA RESPONSABLE.

El sueño de industrialización fue el causante de nuestra actual desgracia. Expertos reportan una brutal disminución en la población de animales e insectos. Son demasiadas ya las especies en peligro de extinción. Y extrañamente puede ser que el causante del problema —el ser humano y su anhelo de progreso— sea la única solución. El mismo ingenio que puso en marcha a máquinas impulsadas con carbón y contaminó en ambiente durante décadas con emisiones de gases tóxicos, está encontrando otros modos para generar energía. Y la sorpresa ha consistido en toparse con opciones mucho más eficientes. La moraleja es clara: hemos estado haciendo las cosas mal desde el principio. Dejamos que los intereses económicos de un grupo de personas marcaran la pauta, y hemos obedecido ciegamente.


Para el investigador alemán Michael Braungart todo se reduce a la idea básica de que hemos estado resolviendo por la vía fácil nuestras necesidades, sin pensar muy a fondo en lo que estamos haciendo. Según su visión, maravillosamente bien explicada en su libro Cradle to Cradle: Remaking the Way We Make Things, lidiar con nuestro entorno natural es como “hacer buena jardinería; pues no se trata de ‘salvar’ al planeta, sino de aprender a prosperar en él”. Para Braungart la enorme mayoría de los productos de consumo en la actualidad no han sido diseñados para la salud humana o para impactar positivamente a la ecología. Y no sólo eso, sino que además son poco inteligentes y nada elegantes. Debemos eliminar conceptos como “basura” o “desechos”, y comenzar a pensar en alternativas para que procesos masivos de producción, empaque y distribución de bienes resulten benéficos, en lugar de contaminantes. Algo así como las hojas de un árbol, que al desprenderse, caer al suelo y secarse, en lugar de afectar, beneficien. “La basura es comida”, sentencia Braungart más como un anhelo utópico, que como una aseveración.


Y EXTRAÑAMENTE PUEDE SER QUE EL CAUSANTE DEL PROBLEMA —EL SER HUMANO Y SU ANHELO DE PROGRESO— SEA LA ÚNICA SOLUCIÓN.

Tal vez hayamos debido pasar por el trago amargo de la industrialización tóxica para entender los riesgos. La idea es irritante: el desarrollo de la humanidad tal vez no hubiera sido posible sin la ayuda del petróleo, en especial debido a su bajo costo. Probablemente no pudiéramos haber llegado directamente a las energías limpias. Sin duda alguna el espectacular avance tecnológico de la humanidad nos ha abierto los ojos.


El astronauta Sigmund Jähn, de las misiones Soyuz 29 y Soyuz 31, lo tuvo muy claro desde finales de la década de los setenta, cuando en alguna ocasión comentó: “Incluso antes de mi vuelo, sabía que nuestro planeta es pequeño y vulnerable. Pero no fue sino hasta que lo vi en el espacio, en su belleza y delicadeza indescriptibles, que me quedó claro que la tarea más importante de la humanidad es cuidarlo y preservarlo para las generaciones futuras”.1


Mucho debemos todavía reflexionar para salir del estatismo colectivo actual, cargado de toma de conciencia y buenas intenciones, para entonces poder implementar un cambio civilizatorio de grandes proporciones. Lo difícil es llevar el mensaje a segmentos de la población que no suelen estar pendientes de las noticias, que no leen, no debaten en público, o al menos en redes sociales. Es el mismo “público” pasivo que suele ser manipulado por campañas de publicidad que les genera la impresión de “estar informados”. Un evidente ejemplo de esto es un grupo ultraconservador y republicano de los Estados Unidos, quienes representados por la figura grotesca de Donald Trump, en el mes de marzo del año 2017 pretendieron prohibir la utilización del concepto del “cambio climático”. Una aberración así sólo puede ser explicada como ignorancia, o porque pone en riesgo los intereses de diferentes industrias contaminantes.

HEMOS ESTADO HACIENDO LAS COSAS MAL DESDE EL PRINCIPIO.

Y en este proceso lento de sacar a la sociedad de consumo de su aletargamiento, probablemente uno de los agentes más efectivos sean artistas y creadores de diferentes disciplinas. El arte ha funcionado durante siglos como un catalizador de ideas, a menudo sólo sensibilizando a unos pocos, pero que son aquellos con el poder de decisión para realmente generar cambios. Es así que artistas prominentes de diferentes épocas han contribuido a impulsar movimientos con carga crítica y/o política en favor de los derechos de minorías, levantamientos sociales y revoluciones culturales. En un momento de la historia como el nuestro, cargado de contradicciones y sinsentidos, los artistas abordan diversos temas. Pero probablemente el Zeitgeist de inicios del Siglo XXI quede marcado para siempre como la lucha ante el cambio climático y la defensa de la ecología. Una nueva generación de creadores percibe la realidad en términos distintos: no se puede pensar en el mundo actual dejando por fuera la noción del cambio climático. Sin duda estos artistas plantean un debate relevante que no pretende brindar visiones definitorias o sonar propagandísticas, sino diversificar perspectivas para confrontar la situación. ¿Cómo hacer para dejar de entender nuestra existencia como un problema y empezar a visualizarnos como una solución?



Nota al pie de página

1. Bereits vor meinem Flug wusste ich, dass unser Planet klein und verwundbar ist. Doch erst als ich ihn in seiner unsagbaren Schönheit und Zartheit aus dem Weltraum sah, wurde mir klar, dass der Menschheit wichtigste Aufgabe ist, ihn für zukünftige Generationen zu hüten und zu bewahren.


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