VISITA A ESTUDIO. CARLOS LARA

por Dominique Suberville

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En un segundo piso, arriba de uno de los dos minisúpers que maneja su familia, “Mini Súper Jessi”, me senté a platicar con el artista conceptual Carlos Lara. Con su trabajo listo para mi visita, me mostró cronológicamente su trabajo mientras iba y venía entre hablar de sus piezas y narrar las historias familiares que motivan su práctica.


Como buen aprendiz, Lara busca continuar el legado de su familia: la práctica de trabajar. Sin embargo, a diferencia al resto de sus familiares, la utiliza de una manera que busca comunicar las verdaderas consecuencias económicas y sociales de esta promesa falsa que esto implica. Utilizando como herramientas la memoria, la narrativa y la experiencia, su obra transporta al espectador a una historia, que no sólo es personal, sino que al mismo tiempo trata sobre una ciudad que representa para muchos, un gran ejemplo de globalización y modernidad en México: Monterrey.


Siendo el primero en su familia en ir a la universidad, Lara comenzó su carrera como artista en Monterrey participando en varios eventos y ferias locales como FAMA y el Festival Santa Lucía. Actualmente está planeando su próxima exposición en La Casa del Campesino en el Museo de Culturas Populares, con un trabajo que busca unificar el tema del trabajo y la tradición católica.


MEMORIA


Tomando experiencias de generaciones pasadas de su familia, Lara habla sobre las repercusiones que viven sus miembros en el presente. Sin embargo, su obra no tiene la intención de hablar sobre la memoria en sí misma, en cambio, arrojar luz sobre las experiencias reales de trabajo, lo que él llama el vehículo a la vida de sus antepasados; mismo que ha permitido la situación social y económica en la que él se encuentra.


Reconoce que su presente es el resultado de un esfuerzo antecesor. Busca recalcar el camino que su familia tomó, a partir de piezas que funcionan como una especie de registro de cada uno de los pasos avanzados.

Dominique Suberville: En tu trabajo hablas de experiencias que viven en la memoria; tanto pasado como el presente ¿Qué es lo que buscas comunicar a tu público acerca de esas experiencias en relación con el tema del trabajo; siendo este un tema que funciona a nivel personal y al mismo tiempo, uno con el cual cualquiera puede relacionarse?


Carlos Lara: Hay algo realmente interesante visto como resultado a la situación en la que muchos nos encontramos. En Monterrey hay nociones muy limitadas sobre el trabajo de los artesanos y los trabajadores agrícolas. Pero si rascas la superficie, todos tenemos un historial familiar que tiene conexiones a esos trabajos.


Nunca viví en la periferia o en el campo; no crecí en la pobreza, pero todas esas historias que existen en mi obra, son las que me contó mi familia y es por esto que las llamo recuerdos de lo no vivido. Son experiencias de las que yo personalmente no tengo recuerdo, pero siento como si las hubiera vivido porque me las contaron muchas veces cuando era niño. Conozco la comida que se come en los ranchos; sé cosas específicas que tienen que ver con el trabajo artesanal; sé cosas básicas sobre el trabajo de campo, pero nunca estuve realmente allí. No sufrí, digamos, la carga mental que experimentó mi familia.


COLABORACIÓN


Para Lara, la colaboración no radica en el objeto o en el resultado artístico que se produce cuando se utiliza el conocimiento de otros. En cambio, para él representa un proceso simbólico, mismo que se requiere para que el objeto tenga impacto en el público.


Ya sea que hable con familiares, trabaje con un obrero, carpintero, o documente las experiencias de un individuo que intenta sobrevivir en las calles de Monterrey, su interés principal se fija en las relaciones que se fomentan a través de estos procesos de aprendizaje. Reconoce que aquellos con quienes trabaja son más que herramientas para la creación de un objeto de arte, sino que son la motivación, o el vehículo, para crear algo que evidencia ese proceso.


Dominique Suberville: Colaboras mucho con otros para crear tus piezas, como por ejemplo la pieza de las mecedoras (Breve melancolía de un atardecer dominical, 2018). ¿Puedes hablarnos un poco sobre cómo esto juega con la idea de usar objetos del pasado y relacionarlos con el presente para producir obra en la actualidad, en este caso trabajadores?


Carlos Lara: Sí, es fundamental. De hecho, mientras estudiaba en la Universidad de Monterrey, en el nuevo edificio Centro Roberto Garza Sada, hay todo tipo de herramientas —desde impresión 3D, para pintar en aerógrafo, taller de grabado, de madera, de metales, etcétera— sin embargo, los primeros 4 años que estuve ahí, esto no me despertaba ningún interés, aun cuando ahí tenía mi estudio. Posteriormente decidí salirme de ahí, dejé la carrera y me instalé en una casa donde tengo mi taller. Así regresé a trabajar en la calle y me di cuenta que era justamente lo que buscaba.


Mis días consistían en salir al centro para surtir la mercancía de la tienda con mis papás. Diariamente atendía las tiendas y hablaba con la gente. Era donde yo me sentía más cómodo realmente.


Todas las piezas que hago, bueno la gran mayoría, tienen una relación con personas que ya conocía o con quienes logré entablar una gran amistad. En el caso de Breve melancolía de un atardecer dominical, (la escultura que fue parte de mi obra que se expuso en la Macroplaza, Plaza Zaragoza) la realicé con dos herreros de la colonia Topo Chico, misma que ya había fotografiado a lo largo de un año. Uno de ellos se llama “El Herrero Ciclista”. Durante el proceso de búsqueda de las personas con las cuales iba a trabajar, el primer paso siempre es conversar con ellos, en este caso los herreros. Con el que me lleve un poco mejor —porque hay mayor empatía, me entiende mejor o porque tiene mayor interés artístico— es con quien trabajo.


El objetivo no es darle a una persona un trabajo por darle trabajo, sino de sacarlo de su monotonía. Y es en ese momento que me responde “¡Sí, sí, sí!”.


La mayoría de los herreros hacen puertas, ventanas y sacan mucho dinero de eso; en cambio, lo que iban a sacar del proyecto de las mecedoras representaba un gran trabajo con poca utilidad económica. No porque yo no les quiera pagar, sino porque ellos decían, “Como yo te lo voy a cobrar si es muy bajo”. Ahí lo vi entusiasmarse con la idea.


También trabajé con Pablo, otro herrero que me confeccionó el asador y quien además, tiene un hijo que quiere estudiar artes; los rótulos de las pinturas de Minisúper me las hizo otra persona quien ha sido cliente de la tienda por más de 26 años y quien por 16 años fue empleado de la cervecería Carta Blanca rotulando para mini súpers y cantinas; para producir el proyecto del agave tuve que hablar con mis familiares, haciendo llamadas y tomando notas sobre cómo es que se raspa la planta; sobre cómo se hacen las cosas.


Al mismo tiempo, hago fotografía documental en la que aparecen personas que están en condiciones de calle. También considero ésta una colaboración, no se trata simplemente de llegar a tomarles una foto; pues me paso el día platicando con ellos para después tomar una imagen que resulta de este encuentro. De esta manera me siento mucho más tranquilo estando o teniendo un taller en una colonia de obreros (como se les conoce aquí). Me gusta salir a la calle, visitar el taller de alguien que se dedica a pintar y tiene ahí sus herramientas, como por ejemplo el rotulista con el que trabajé; ir al taller de un carpintero; de un herrero; etc.



GLOBALIZACIÓN y LA PROMESA DEL TRABAJO


El trabajo implica para Lara una promesa falsa, misma que se le vende a los ciudadanos y que él representa en el contexto de su obra. Es cierto que la ciudad de Monterrey demuestra la posibilidad de la riqueza en el crecimiento urbano, pero el artista nos muestra que esto depende más de la probabilidad que del esfuerzo.


Tomando la historia de su familia como el punto de partida a su obra, vemos en ella el lado oscuro a la globalización. Puedo ver que con su trabajo no pretende hacer un homenaje a esa historia, sino visibilizar la realidad de ella. Cuenta que su caso personal, la situación que muchos de sus familiares, conocidos y vecinos viven, no es la regla si no la excepción a la regla.


Dominique Suberville: ¿Cómo comenzó tu investigación sobre la relación entre el concepto de la industria y el trabajador?


Carlos Lara: Comenzó realmente con tres años de estar tomando fotografía documental. Descargar mi cámara todos los días e ir con mi mamá a sus mandados. Acompañaba a mis abuelos a las cosas que ellos hacían. Ellos viven en Estados Unidos y seguido íbamos al rancho de San Luís Potosí para ir por la comida. También dejábamos flores y arreglábamos las tumbas de la mamá y abuela de mi abuela (mi bisabuela y tatarabuela). Con ella visitaba a sus hermanos en la Colonia Independencia y con mi mamá y papá iba al centro a surtir. Es así que desde que era muy niño, alrededor de los 6 años, crecí con el comercio informal. Ya después a los 16 años cuando estudié fotografía, cargaba siempre con la cámara y fotografiaba todo eso que me gustaba. No sabía bien cómo ni cuál era el punto que unía las imágenes. Pensé por un momento que simplemente era la ciudad; tratando algo sobre la situación de información; lo caótico, los conceptos de la periferia y lo efímero de la ciudad. Después me di cuenta que era el trabajo en sí lo que unía todo; el vehículo que utilizaba toda la familia y las personas cercanas a mí.

Dominique Suberville: La ciudad de Monterrey es una gran parte de tu trabajo ya que es aquí donde se desarrolla la historia de tu obra ¿La utilizas como un ejemplo de lo que observas en el país o hay algo de esta ciudad que tiene un significado particular para ti y tu obra?


Carlos Lara: Sí, es muy particular. San Pedro alguna vez fue el municipio donde se reunían la mayoría de las lenguas indígenas que se hablan en México. En gran parte porque llegaban a buscar trabajo doméstico muchas señoras de diferentes lugares del país. La Macroplaza es otra ubicación en la ciudad donde se junta una gran cantidad de lenguas y también, recientemente, recibe muchos migrantes centroamericanos.


También, es la ciudad con el municipio más rico de América Latina, San Pedro Garza García donde viven las personas más ricas y San Nicolás, siendo el más rico de México. Claro que todos estos aspectos le dan una particularidad a Monterrey.


Además, la figura del Sampetrino se dibuja como esta persona que quiere ser el primero en todo. Siento que en otras ciudades no se da ese fenómeno de la misma manera. Hay otras ciudades que no quieren tener la torre más alta de Latinoamérica; no quieren ser las primeras ciudades en poner un mall; tienen otras prioridades.


Sí tiene estas particularidades, pero al mismo tiempo pienso que hay muchas ciudades como Monterrey. Hay otros lugares donde las condiciones que tiene Monterrey se dejan ver de otras maneras. Pienso en Monterrey como una consecuencia de la globalización, como una consecuencia de la modernidad y, como te he contado, una consecuencia del modelo de industrialización por su sustitución de importaciones.


Desde Bernardo Reyes, quien dictó las primeras leyes para beneficiar a las industrias —al quitarles impuestos para empezar a ampliar avenidas y mandar a hacer el palacio de gobierno— empezaron a llegar personas de las áreas rurales. Eso es algo que se repite en muchas ciudades del mundo.


Dominique Suberville: ¿Qué buscas que tu público aprenda o asuma de estas historias que estas proyectando?

Carlos Lara: No sé mucho sobre el público porque no sé cómo lo toman. Por un lado, me interesa visibilizar las personas y oficios que se encuentran ocultos. También trabajar con la idea de que la clase baja es baja porque quiere; al mismo tiempo, pensar que el trabajo sí te lleva a algo; la promesa de “trabaja mucho, ahorra, y vas a ser rico”, son ideas que considero son falsas para la movilidad social en una ciudad, más ahora que es mínima.


En este momento, la probabilidad de que una persona pueda ascender de pobreza extrema a clase alta es de 1 en 10 millones. Me interesa reflexionar y visualizar las consecuencias de los estragos que causa la sobredemanda y el desgaste en una sola persona. Consecuencias que también son desgastantes para la familia. Por ejemplo, el albañil que trabaja 12 horas diarias, 16 horas diarias y posteriormente va a una cantina para sanar de alguna manera el dolor del día. Los estragos que causa se reflejan en una familia disfuncional. No siempre pasa pero en la mayoría, al menos en mi caso personal, sí sucedió.


Dominique Suberville: Tu trabajo habla por una parte del trabajo y por otra de la pausa o descanso, del momento de ocio del tomarte una cerveza después de trabajar ¿Cómo son relevantes estos dos aspectos en tu obra?


Carlos Lara: Pues sí. Siempre he pensado en ese balance entre el trabajo y el descanso. Además, cuando ese descanso puede llegar a ser un tiempo de ocio. En el tema de la cerveza, por ejemplo: Cuando trabajas en FEMSA y vas al estadio a ver a los Rayados (equipo de fútbol de FEMSA) y compras una cerveza; pareciera que saliste de trabajar, pero al consumirla, sigues redituando a la misma empresa.


Como artista, hay otras cosas que debo cuestionarme. En el momento en que estoy trabajando, frecuentemente me pregunto si estoy realmente trabajando o estoy teniendo tiempo de ocio o regresión. Si me encuentro leyendo, ¿cuándo es por placer y cuándo es trabajo? ¿Cuándo el placer comienza a ser tedioso y se convierte en trabajo?


La pieza de las mecedoras, en ese sentido, creo ilustraba muy bien ese balance y ese “va y viene” del trabajo y el descanso. Es ahí cuando el descanso se vuelve realmente un arma de doble filo. Lo que parecería positivo por parte del patrón, al darle el debido descanso a sus empleados, en muchas de las ocasiones, lo hace para que ese empleado regrese a trabajar el siguiente día con el doble de fuerza. Es ahí entonces donde radica la parte tenebrosa.

Las mecedoras me interesaban porque fueron el espacio donde se registró el cansancio de las personas que sobrellevaron la crisis del 76, el 82 y algunas otras del 94. Éstas las recogí de colonias obreras, mismas que habían sido fundadas por industrias locales como la cervecería Cuauhtémoc. Durante el proceso pensaba en la acción del escultor cuando con un cincel devasta el mármol y va esculpiendo una figura. Así como en el obrero de aquellas industrias que cargaba con fuerza y llegaba con cansancio a su casa, y al momento de sentarse en la mecedora, con la acción de mecerse, iba devastándola y generando una especie de grabado.


El resultado de la obra refleja ese espacio donde la gente descansaba, pero también vivía momentos de ocio, momentos de recreación con la familia, con los vecinos, con los amigos. Lugares donde las personas podían tener momentos para platicar, tomar, hacer fiestas o simplemente, estar viendo la calle mientras brinda seguridad a la casa.


EL ARTISTA


El artista se asume como observador e intérprete del sentir de su tiempo. Este papel, Lara lo asume sin reservas. Mientras le pregunté sobre su postura con respecto al tema de trabajo, me dejó claro que no es su objetivo expresar una opinión a manera de crítica sobre el tema (ya sea como comentario sobre el pasado o el presente). Esto no quiere decir que él no sea crítico, sino que quiere evitar imponerle sus opiniones personales al espectador.


Ligada al tema de memoria, su obra busca visibilizar los oficios que dentro de nuestra sociedad son subestimados. Lara intenta denotar que detrás de todo lo que nos rodea, hay una persona con un mundo propio y al mismo tiempo, sacar a la luz una población significativa pero olvidada.


Dominique Suberville: ¿Buscas plantear algún tipo de crítica en tu obra o la consideras más como una reflexión? A mí me parece un homenaje al trabajador. Háblanos un poco sobre esto.


Carlos Lara: Es algo que me he estado cuestionando y hasta ahora no he encontrado una respuesta. Creo que, de haberlo hecho, ya hubiera parado para irme a otra parte.


No sé si mi obra es una crítica. De hecho, en general, no sé si el arte debe serlo o si simplemente debe buscar visibilizar alguna circunstancia. Creo que trato de ser crítico, eso sí, pero no sé si mis productos artísticos deban serlo. Creo que tiene más una intención de visualizar.

Sobre el aspecto del homenaje, tampoco encaja mucho ya que no tengo una postura sobre que si está bien o no trabajar. No sostengo la idea de “trabajemos todos”, aunque tampoco satanizo el trabajo como tal. Creo que me interesa nada más sacar a la luz esta población y estos oficios.

Dominique Suberville: Última pregunta, dices que no sostienes una postura sobre el trabajo en sí, pero es posible que tengas algo que decir sobre la historia del trabajo en tu familia; sobre cómo para ti fue una cosa, pero para ellos ha sido otra, dado que hoy te dedicas al arte. ¿Hay algo que esperas del futuro?


Carlos Lara: Lo que realmente me interesa sobre el trabajo es que fue el vehículo que usó mi familia para alcanzar ciertas metas y no vivir en la periferia. Quisieron tener hijos que, graduados de la universidad, tuvieran carro y una casa de cemento. Pero ese resultado de la promesa del trabajo no le llega a todos; en el caso de la familia de mi papá, sólo en mi papá se cumplió. Fue el que más lejos alcanzó llegar; igual en el caso de mi mamá.


Me vi crecer en una buena situación socioeconómica, pero para mis primos y tíos, no fue así. Muchos trabajan para los negocios familiares o en otras cosas, mis primos por parte de la familia lejana, todavía viven con más precariedad en colonias populares como Independencia o San Luís Potosí. En ese sentido me siento cómodo, no creo que estoy lucrando o aprovechando de esas experiencias. Más bien, mi interés es que no suceda eso. Es por esto que desconfío en las nociones del trabajo como promesa.


En el futuro me veo despegando un poco de los objetos artísticos como resultado de mi investigación y trabajando más hacia procesos que tengan que ver con modelos económicos. Modelos que den un sustento a comunidades muy específicas. Tal vez empezar con una, dos o tres familias de una comunidad rural.


Me interesa hacer una práctica artística que se base en cómo dar una mejor calidad de vida a personas específicas; pero no en el sentido de darles un trabajo por trabajar, así como paso con mi familia, que lo trabajaron de esta manera por sobrevivir.


Otra cosa te puedo decir, antes de entrar a la universidad, yo nunca había agarrado un libro. Mis papás actualmente no tienen el hábito de la lectura, nunca habían ido a un museo, pues estas actividades no se incluían dentro de lo que llamo vehículo del trabajo. Entonces, a eso me refiero con trabajar con ciertas comunidades, es ese el camino el que me interesa más: proyectos más procesuales y desmaterializados.


Conoce más de su trabajo haz click aquí.


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